04 enero, 2015

Llamadme Ismael...


«Llamadme Ismael», el célebre íncipit de la obra maestra de Melville, actúa ya como un hechizo, la lectura se sucede como una fiebre. Junto a Ismael y el arponero Queequeg, el lector entra a formar parte de la tripulación del Pequod y se ve lanzado a una búsqueda demoníaca e insomne hasta los confines del mundo, una búsqueda que es a la vez aventura y maldición, y cuyos polos son Ahab y Moby Dick (la Ballena Blanca), dos figuras atractivas, poderosas, complementarias: por un lado, el sombrío capitán, mutilado, con el alma desgarrada por la sed de venganza a quien no le importa empujar a sus hombres a una caza encarnizada, infatigable, obsesiva, aunque el precio a pagar sea el más alto; y por el otro, Moby Dick, ese cachalote espectral, escurridizo e invencible, un recipiente alegórico de todas las maldades sobre el que Ahab y el resto de marineros del Pequod proyectan tantos miedos.
MOBY DICK de Herman Melville (New York, 1819-1891). Es una de las principales figuras de la historia de la literatura. Cuatro años a bordo de un ballenero, en los mares del Sur, le inspiraron un buen número de novelas de aventuras: Typee (1846) y Omoo (1847) se basan en sus vivencias en las islas Marquesas; Redburn (1849) y La guerra blanca (1850) describen las duras y degradantes condiciones de vida en la marina. Su obra maestra, en la que vertió magistralmente todas sus inquietudes y su talento literario, fue Moby Dick (1851).

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