«Llamadme
Ismael», el célebre íncipit de la obra maestra de Melville, actúa
ya como un hechizo, la lectura se sucede como una fiebre. Junto a
Ismael y el arponero Queequeg, el lector entra a formar parte de la
tripulación del Pequod y se ve lanzado a una búsqueda demoníaca e
insomne hasta los confines del mundo, una búsqueda que es a la vez
aventura y maldición, y cuyos polos son Ahab y Moby Dick (la Ballena
Blanca), dos figuras atractivas, poderosas, complementarias: por un
lado, el sombrío capitán, mutilado, con el alma desgarrada por la
sed de venganza a quien no le importa empujar a sus hombres a una
caza encarnizada, infatigable, obsesiva, aunque el precio a pagar sea
el más alto; y por el otro, Moby Dick, ese cachalote espectral,
escurridizo e invencible, un recipiente alegórico de todas las
maldades sobre el que Ahab y el resto de marineros del Pequod
proyectan tantos miedos.
MOBY
DICK de Herman Melville (New York, 1819-1891). Es una de las
principales figuras de la historia de la literatura. Cuatro años a
bordo de un ballenero, en los mares del Sur, le inspiraron un buen
número de novelas de aventuras: Typee (1846) y Omoo (1847) se basan
en sus vivencias en las islas Marquesas; Redburn (1849) y La guerra
blanca (1850) describen las duras y degradantes condiciones de vida
en la marina. Su obra maestra, en la que vertió magistralmente todas
sus inquietudes y su talento literario, fue Moby Dick (1851).

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